N. presenta un instante narrativo de P-Laco.
El cerebro te dice: tienes sueño, duerme. La costumbre te dice: es tarde, duerme. Pero tú, tú no haces caso, no puedes dormir. No puedes dormir si al acostarte sentirás que el peso de tu cuerpo será demasiado para ser soportado por tu cama, que tus huesos de hierro quebrarán los soportes y desplumarán el colchón.
Sales del cuarto, das una o dos vueltas por tu casa; llegas a la cocina sin darte cuenta. Tu estómago te habla, necesita comida, pero tú, tú no puedes comer. Te preparas un pan tostado y le untas mantequilla. Te lo acercas a la boca y mientras tu estómago te ruega que lo muerdas, algo te mueve a aventar el pan a la pared. Ves con una desgarradora satisfacción cómo se resbala lentamente por la pared de la cocina y vuelves a caminar.
Llegas a tu recámara sin darte cuenta pues tus ojos abiertos están cerrados y no puede cerrarlos pues, si lo hicieras, serías invadido por el terror de abrirlos. No cerrarás los ojos juras mientras tus ojos cerrados te llevan a la cama, directo al plano desconocido donde los párpados se cierran para dejar entrar a la visión.
