Un fragmento

 

N. comparte con ustedes un fragmento del “Elogio a la Locura” de Erasmo de Rotterdam.

“XLII.

[…] Pero ¿por qué hablo de uno u otro género de locura, como si no fuera evidente que Filautía produce por todas partes encantadoras y admirables formas? ¿Cómo éste, más deforme que un mono, se ve más hermoso que Nireo? Uno, por saber tirar tres líneas con regla y compás, se considera un Euclides; otro, que es como un asno ante la lira y cuya voz suena tan falsa como la del gallo que persigue a la gallina, se cree un nuevo Hermógenes.

[…]

¿Qué puedo decir de los artistas de profesión? A todos ellos les es tan peculiar la Filautía, que a menudo se ven algunso que antes cederían la herencia paterna que el ingenio, especialmente entre los cómicos, cantantes, oradores y poetas, de los cuales el de menos valor es el que posee más insolente presunción, mayor vanidad y más elevado concepto de sí mismo. Y hallan siempre imbéciles de su calaña que los admiren, e incluso se puede asegurar que, cuanto más necios son, les salen más crecido número, pues por ser, como dije, la mayoría de los hombres vasallos de la Locura, lo peor place siempre a los más. […]”

N. y la RAE

 

N. lee el País, entra a Twitter, a Facebook, percibe un maremagnum de supuesta indignación y N. ríe y ríe.

Entre las risas, N. recordó un poema jocoso que escribió, hace dos o tres años, durante alguna aburrida clase de licenciatura. N. se los deja aquí.

 

realilla

pendéjica

guarruchis

academoides

 

                  

pochérrima

         ablou

         spániol

         todous

         los

         diás

 

pochérrima

         el cojín de mai cama                             

nou es comfortábel

                   mi perou ladrua

                            y descansarme

nou mei deija

 

pochérrima

                   taipeo en mi Pi Si

                   surfeo el Interné

                   mensajeo a mis bróders

con mi cel

 

realilla

pendéjica

guarruchis

                   academoides

 

métolos yo

         por el jól                                                      

                   que décoreit

                            mi fundillo

Epitafio

 

N. presenta un epitafio escrito por Igui.

 

Yace aquí, un hombre gris,

no revolucionó, ni de un auto el motor.

Aquí yace, un hombre gris,

no cambió, ni un foco ni su matiz.

Aquí, junto a un gran poeta, yace

un hombre gris.

Burocrática monotonía.

 

ese que confirma tu existencia

ese que afirma que eres de aquí

                                                               no de allá

ese que asegura que tienes hogar

 

 

allá

                                               al fondo

              

                encontrarás papiro-confirma lectura

                                                                          lectura que amaste

                                                                                          que odiaste

 

 

afirma

                         puedes manejar

alega

                       capacidad para trabajar

asegura

                         gratuito servicio médico

 

 

¿más?

más y más

                   y más y

                                  más

               

 

por ahí

       un librito

             dice que puedes viajar

debajo de éste

       uno que afirma

              que a votar

                    derecho tienes.

 

 

inserta

en

     copiadora

papel más

papel menos

                ¿qué más da?

 

 

¿qué más da?

papel más

                  papel menos

 

                                         ¡¿qué más da!?

Aforismo XX

 

N. presenta un nuevo aforismo de Igui.

 

La destrucción es catarsis. La reconstrucción es duelo, tranquilidad y augurio del retorno de la destrucción.

El regreso.

 

Después de una angustiante ausencia, la crisis de la idea y la momentánea pérdida de la esperanza, N. regresa al no-blog. El catastroformismo regresa con un aforismo de Igui.

 

Lo que importa es que el hombre se divida. Aparentemente, es instrascendente el cómo, el para qué y el por qué.

Nietzsche

Siguiendo la tradición establecida del no-blog, N. presentará una serie de aforismos del pensador Frederich Nietzsche.

El género aforístico -frecuente en pensadores y escritores europeos- fue favorecido por Nietzsche, que alababa las características principales del género: concisión, agilidad crítica y tendencia ilustrada.
Es mi ambición decir en diez frases lo que todos los demás dicen en un libro, lo que todos los demás – no dicen en un libro.
nietzsche3
Nietzsche fue gran admirador de Lichtenberg –cultivador del género que N. ya ha mencionado y citado en el no-blog –. En gran medida es gracias a Nietzsche que hoy en día podemos acceder a las obras de Lichtenberg.

Sin más por ahora, N. los deja esperando que disfruten los siguientes aforismos.

---
Quien ha experimentado la pena de decir la verdad a pesar de sus amistades y veneraciones siente claramente miedo de contraer nuevas amistades y de concebir nuevas veneraciones.


Cada pueblo tiene su tartufería propia y la denomina sus virtudes. –Lo mejor que somos, eso no lo conocemos – no podemos conocerlo.

Por lo que más se nos castiga es por nuestras virtudes.

Los aforismos han sido tomados de: “Nietzsche, Frederich. Aforismos. Ed. y Trad. Sánchez Pascual, Andrés. Barcelona: edhasa, 1994.

Aforismo XIX

 

N. presenta un nuevo aforismo de Igui.

800px-Caravaggio_-_San_Gerolamo

San Jerónimo escribiendo (San Gerolamo) de Caravaggio

No me satisface una torre de marfil. De lodo, tabique y estiércol construyo un altar al memento mori.

Lero lero, yo sí fui.

 

y es que no funciona

el él si jue yo no jui

 

infancia retrasada

culpar a otro

    él si jue lero lero

                           yo no jui

 

no sirve no

no señor no

si usted culpa

a otro

y a otro otro

señor lero lero

usted si fue

 

yo si fui señor

                    lero lero

él tú yo fuimos

                      na na na

                      fue fui fui

 

N.

Borracho

 

N. presenta un texto de BaNG

 

La noche es joven y van dos. Uno o dos. Cuestión de semántica. En fin, lo mismo: colisión. Máquinas rodantes se han incrustado, dejarán de rodar.

drunk-driving-deaths Dirán que uno más, dos más, ¿qué más da? Lo sabrán pocos. Lo sé y no lo debo saber. Debería estar dormido, en plácido sueño. Idealmente, REM. Pero no. Búho que soy, los escucho. Jueves, viernes, sábado. Uno o dos, dos o cuatro, tres o seis.

Colisión. Cuatro u ocho. El número, cuestión de semántica. La situación, cruda, brutal; eludible e inevitable.

Lógica peleada con instinto. La desoladora presencia de nuestra despreciable naturaleza irracional.

Se incrustan. La consciencia violada por la sustancia, lesionan, suicidan, asesinan.

Digo adiós al silencio, cinco o diez. Cuestión de semántica, repito. Pharmakon para la impotencia. Cuestión de semántica, cuestión, cuestión.

Parker Adderson, filósofo.

N. presenta “Parker Adderson, filósofo” uno de los cuentos más reconocidos de Ambrose Bierce.
Éste es el último texto en la serie de textos de Ambrose Bierce que N. ha presentado. N. espera que lo disfruten.

Parker Adderson, filósofo
                                        Ambrose Bierce
– Prisionero, ¿cuál es tu nombre?
– Como he de perderlo mañana al amanecer, no me parece que merezca la pena ocultarlo más. Parker Adderson.
– ¿Y su escalafón?
– Uno bastante humilde; los oficiales son demasiado valiosos como para arriesgarlos en el peligroso ejercicio del espionaje. Soy sargento.
– ¿De qué regimiento?
– Me tiene que perdonar, pero mi respuesta, por lo poco que sé, podría indicarle el tipo de fuerzas que tiene frente a sí. Ése era el tipo de información que vine a conseguir sobre su ejército, no a darles.
– Ya veo que es usted un tipo ingenioso.
– Si tiene la paciencia de esperar hasta mañana, puede que entonces me encuentre aburrido.
– ¿Y cómo sabe que va a morir mañana al amanecer?
– Entre los espías capturados por la noche, tal es la costumbre. Se trata de uno de los pocos detalles agradables de la profesión.

american civil warEl general dejó de lado por un momento la dignidad que se supone a un oficial confederado de alto rango y mucha fama, y sonrió. Pero nadie que estuviera en sus manos y que no le cayera en gracia habría presagiado nada bueno de este signo externo y visible de afabilidad. No era ni condescendiente ni sarcástico; de hecho, estaba vacío de significado para las personas que estaban expuestas al mismo: el espía arrestado que lo había provocado y el centinela armado que le había traído hasta la tienda y ahora estaba a cierta distancia, mirando a su prisionero a la luz amarillenta de la vela. El sonreír no formaba parte de las obligaciones de un militar; se le habían asignado otros objetivos. La conversación continuó, siguiendo ahora la dinámica de un juicio por un grave delito.

– Admite, por lo tanto, que es usted un espía; que vino usted hasta mi campamento, disfrazado, como lo está ahora mismo, con un uniforme de soldado confederado, para recabar secretamente información acerca de los números y el estado de mis tropas.
– Acerca, en especial, de sus números. Yo ya sabía cuál era su disposición. Están ociosas.
Union Soldier El general esbozó de nuevo una sonrisa; el centinela, con un sentido más severo de la responsabilidad, acentuó la austeridad de su expresión facial y se puso un poco más firme de lo que estaba. Haciendo girar su gorra gris una y otra vez sobre su dedo índice, el espía echó una ojeada despreocupada a lo que le rodeaba. La verdad es que todo era bastante clásico. La tienda era una vulgar tienda de campaña, cuyas dimensiones rondaban los dos metros y medio por tres, iluminada por una única velo de sebo incrustada en el mango de una bayoneta, que a su vez estaba clavada en una mesa de pino ante la cual estaba sentado el general, que ahora escribía con concentración y al parecer olvidando la presencia del maldispuesto invitado. Una vieja alfombra de trapo cubría el piso de tierra; un baúl aún más viejo forrado en cuero, una segunda silla y un rollo de mantas era más o menos todo lo que había en la tienda. Bajo el mando del general Claverling, la simplicidad y economía de “pompa y circunstancia” habían alcanzado su máximo grado. Colgado de un clavo grande que estaba metido en el poste de la tienda, justo a la entrada de la misma, había un correaje que sostenían un largo sable, un revólver en su pistolera y, de forma un tanto absurda, un cuchillo de monte. Acerca de esta arma tan poco militar, el general tenía por costumbre explicar que se trataba de un recuerdo de los días de paz cuando él era un civil.
Era una noche de tormenta. La lluvia caía torrencialmente sobre la lona, con un ruido monótono y parecido al de un tambor que los que viven en tiendas tan bien conocen. A medida que las espasmódicas ráfagas de lluvia rompían sobre ella, su frágil estructura se movía y se tambaleaba, y las clavijas y cuerdas que la sujetaban se tensaban del todo.
El general acabó de escribir, dobló la mitad del folio y se dirigió al soldado que custodiaba a Adderson.
– Aquí tienes, Tassman, lleva esto al general adjunto y, luego, vuelve.
– ¿Y el prisionero, mi general? – dijo el soldado, saludando, mientras lanzaba una mirada inquisitiva en la dirección del infortunado personaje.
– Haga lo que le digo – contestó el oficial, tajantemente.
El soldado cogió el papel y se agachó para salir de la tienda. El general Claverling volvió su atractivo rostro hacia el espía de la Unión, le miró los ojos, no sin algo de bondad, y le dijo:
– Es una noche de perros, amigo mío.
– Para mí, sí.
– ¿Puede usted adivinar lo que he escrito?
– Me atrevería a decir que algo que vale la pena leer. Y, aunque quizás peque de vanidoso, también supongo que habrá una mención especial a mi persona.
– Sí; se trata de un memorándum sobre su ejecución para una orden que se leerá a las tropas al toque de diana. También hay algunas notas para indicar al mariscal de campo el tipo de detalles que debe preparar para el evento.
– Espero, mi general, que el espectáculo quede perfectamente preparado, pues yo asistiré al mismo.
– ¿Tiene usted alguna sugerencia personal en especial para los preparativos?
– Me temo que mi descanso no iba a ser más largo o corto por privarle a él del suyo.
– ¡Ay, Dios mío! ¿Tiene usted intención de tomar el camino hacia el patíbulo con nada más que bromas en sus labios? ¿Se da cuenta de que éste es un asunto muy serio?
– ¿Y cómo podría saber eso yo? No he estado muerto en toda mi vida. Tengo oído que la muerte es un asunto serio, pero nunca me lo ha dicho nadie que la haya experimentado en su propia carne.
El general se quedó en silencio unos momentos; este hombre le producía interés, o quizás le divertía –se trataba de una clase de hombre con la que antes nunca se había topado.
– La muerte –le dijo– es por lo menos una pérdida, una pérdida de la felicidad que la vida tiene bien a darnos, y de la oportunidad de tener una aún mayor.
– Una pérdida de la cual nunca seremos conscientes puede sobrellevarse con compostura y, por lo tanto, esperarse sin un miedo especial. Debe de haber observado, mi general, que de entre todos los muertos con los que su vocación militar ha cubierto el camino de su vida, ninguno ha mostrado signos de arrepentimiento.
– Sí, el estar muerto no parece ser una condición de la que uno se arrepienta, sin embargo, el llegar a estarlo: el acto de morir, sí que puede resultar desagradable para alguien que no ha perdido aún la capacidad de sentir.
– El dolor es desagradable, sin duda. Yo nunca lo sufro sin un mayor o menor grado de incomodidad. Mas aquel que vive más tiempo ha de verse más expuesto a él. Lo que usted llama morir es simplemente el último dolor, en realidad el acto de morir no existe. Suponga, a modo de ilustración, que intento escaparme. Usted levanta el revólver que cortésmente tiene escondido en su regazo y…
El general se sonrojó como una muchachita, luego sonrió suavemente, enseñando sus dientes brillantes, inclinó su bella cabeza levemente y no dijo nada. El espía continuó.
– Me dispara, y me encuentro con algo en mi estómago que yo tragué. Caigo, pero no estoy muerto. Después de media hora de agonía, me muero. Pero en cualquier instante de esa media hora transcurrida yo estaba vivo o muerto. No existe un periodo de transición. Cuando me cuelguen mañana al amanecer, la cosa será parecida; mientras permanezca consciente, estaré vivo; y cuando me muera, estaré inconsciente. La naturaleza para haber determinado el asunto en mi propio interés, del modo en que yo mismo lo habría planeado. Es tan simple –añadió con una sonrisa– que casi parece que el que le cuelguen a uno no vale la pena.
Al final de sus observaciones se hizo un largo silencio. El general estaba sentado impasible, mirándole al hombre a la cara, pero al parecer no demasiado atento a lo que había dicho. Se diría que sus ojos habían montado guardia sobre el prisionero mientras su mente andaba pensando en otros asuntos. Por fin, aspiró larga y profundamente, se estremeció, como alguien que acaba de despertarse de una terrible pesadilla, y afirmó de forma casi inaudible:
– ¡La muerte es horrible! –Ese hombre que había hecho de matar al enemigo su oficio.
– Era horrible para nuestros incivilizados antepasados –dijo el espía, con gravedad– porque no tenían suficiente inteligencia como para disociar la idea de conciencia de la idea de las formas físicas en que se manifiesta, como incluso un orden inferior de inteligencia, el mono, por ejemplo, puede ser incapaz de imaginar una casa sin sus habitantes, y al ver una cabaña en ruinas se imagina que debe de haber un ocupante desesperado en la misma. Para nosotros sólo es horrible porque hemos heredado la tendencia a pensar en ella en esos términos, basando tal noción en incultas y caprichosas teorías de otro mundo –como los nombres de determinados lugares dan lugar a leyendas que los explican o conductas irracionales a filosofías que intentan justificarlas. Puede colgarme, mi general, pero ahí termina su poder de hacer el mal; no puede condenarme al cielo.
confederate soldier      El general parecía no haberle oído; las palabras del espía simplemente habían hecho cambiar el curso de sus pensamientos a un camino sin explorar, pero, una vez allí, siguieron de forma independiente hasta llegar a sus propias conclusiones. La tormenta había cesado, y algo del aire solemne de la noche había impregnado sus reflexiones, dándoles el toque sombrío de un miedo sobrenatural. Quizás había un elemento de presagio en los mismos.– No me gustaría morir –dijo– no esta noche.
Pero se vio interrumpido –si, de hecho, tenía intención de seguir hablando– por la entrada de un oficial bajo su mando, el capitán Hasterlick, el mariscal de campo. Este hecho le hizo volver en sí y la mirada ausente desapareció de su rostro.
– Capitán –dijo, asintiendo ante el saludo a su oficial–, este hombre es un espía yanqui que ha sido capturado en nuestras líneas en posesión de papeles que le incriminan. Además, ha confesado. ¿Cómo está el tiempo?
– Ha pasado la tormenta, señor, y la luna brilla en el cielo. Muy bien; coja un pelotón de hombres, llévele ahora mismo a la explanada donde formamos, y fusílele.
Un agudo grito se escapó de los labios del espía. Se lanzó hacia delante, estirando el cuello y con los ojos fuera de sus órbitas, y cerró los puños.
– ¡Dios mío! –exclamó con un nudo en la garganta, casi sin articular–. ¡No lo dirá en serio! Está usted pasando algo por alto: no debo morir hasta el amanecer.
– No he dicho nada del amanecer –replicó el general con frialdad–, esa fue una suposición suya. Va a morir ahora mismo.
– Pero, mi general, le ruego… le imploro que recuerde; ¡debo morir colgado! Llevará algún tiempo el poner en pie la horca; dos horas o una hora, al menos. Los espías son ahorcados; tengo mis derechos bajo la ley militar. Por amor de Dios, mi general, piense en lo corto…
– Capitán, lleve a cabo mis órdenes.
El oficial sacó la espada y fijando la mirada en el prisionero, apuntó en silencio hacia la abertura de la tienda. El prisionero dudó; el oficial le agarró por el cuello de la camisa y le empujó suavemente hacia adelante. Cuando ya estaba cerca del poste central de la tienda, el hombre, que estaba ya frenético, dio un salto hacia él y, con la agilidad de un felino, cogió la empuñadura del cuchillo de monte, sacó el arma de su funda y, empujando al capitán hacia un costado, se lanzó sobre el general con la furia de un loco, tirándolo al suelo y cayendo sobre él cuan largo era. El impacto dejó la mesa patas arriba, la vela apagada y a ambos contendientes luchando a ciegas en la oscuridad. El mariscal saltó para intentar ayudar a su oficial superior y se le veía postrado sobre las dos formas inmersas en la pelea. Maldiciones y gritos inarticulados de rabia y de dolor salían de la conmoción de cuerpos y miembros, la tienda se desplomó sobre ellos y entre la maraña de pliegues que les impedían moverse con facilidad, la lucha continuó. El soldado Tassman, que ahora regresaba de cumplir la orden y vagamente conjeturaba sobre la situación real, dejó caer su fusil al suelo y, cogiendo la lona en movimiento por un lugar al azar, trató en vano de quitarla de encima de los tres hombres; y el centinela, que había estado caminando arriba y abajo delante de la tienda, no atreviéndose a poner fin a su vuelo por los cielos, disparó su fusil. La detonación asustó a todo el campamento; los tambores redoblaron la llamada general y la trompeta tocó asamblea, sacando enjambres de hombres a medio vestir a la luz de la luna, poniéndose ropa mientras corrían, y colocándose en formación en respuesta a las bruscas órdenes de sus oficiales. Esto estaba bien, pues al quedar en formación los hombres estaban bajo control; descansaron sus armas, mientras el estado mayor del general y los hombres de su escolta pusieron orden en el desconcierto levantando la tienda caída y separando a los contendientes en aquella extraña batalla que se encontraban sangrando y sin aliento.
Lincoln_Douglas_Debates_1958_issue-4c Sin aliento, efectivamente, estaba uno de ellos: el capitán yacía muerto. El mango del cuchillo de monte, que asomaba por su garganta, había sido empujado por debajo de la barbilla hasta que el final de mismo había quedado atrapado en el ángulo de la mandíbula inferior y la mano que le había dado la puñalada no había podido sacar el arma de la herida. En la mano del hombre muerto todavía estaba su espada, agarrada con una fuerza tan que desafiaba la de los vivos. Su hoja estaba teñida de sangra hasta la misma empuñadura.
Tras ser asistido para ponerse en pie, el general se desplomó de nuevo al suelo con un gemido y se desmayó. Además de varios moratones, tenía dos heridas de espada –una en el muslo y otra en el hombro.
El espía era el que mejor parado había salido. Aparte de tener el brazo derecho roto, sus heridas eran similares a las que se pueden recibir en un combate ordinario en el que solamente aparecen las armas que la naturaleza nos ofrece. Pero estaba ofuscado y no parecía darse cuenta de lo que realmente había ocurrido. Se separó asustado de los que le intentaban ayudar, se acurrucó sobre la tierra y expresó una serie de protestas ininteligibles. Su rostro, hinchado por los golpes y cubierto por salpicaduras de sangre, se mostraba sin embargo pálido bajo el pelo desgreñado, tan pálido como el de un cadáver.
– Este hombre no está loco –dijo el cirujano, como respuesta a una pregunta mientras preparaba vendas–; sólo tiene mucho miedo. ¿Quién y qué es?
El soldado Tassman comenzó a dar explicaciones. Era la oportunidad de su vida y no se le pasó nada que pudiera en alguna medida enfatizar la importancia de su intervención en los sucesos de aquella noche. Una vez hubo finalizado con su relato, y ya estaba preparándose para empezarlo de nuevo, nadie le prestó la menor atención.
Para entonces, el general ya había recobrado la consciencia. Se incorporó sobre uno de los codos, miró a su alrededor y, viendo al espía agachado al lado de uno de los fuegos del campamento, vigilado por centinelas, solamente dijo:
– Lleven a ese hombre a la explanada de formación y fusílenle.
– Al general se le está empezando a ir la cabeza –dijo un oficial que andaba por allí cerca.
– Al general no se le va la cabeza –dijo el general adjunto–. Recibí un memorándum suyo sobre este asunto; le había dado a Hasterlick esa misma orden –mientras que con un movimiento de cabeza indicó al mariscal de campo muerto –y, ¡por Dios que será ejecutada!
Diez minutos más tarde, el sargento Parker Adderson, del ejército federal, filósofo y hombre ingenioso, arrodillado bajo la luz de la luna y rogando incoherentemente por su vida, fue fusilado sumariamente por veinte hombres. Al retumbar la descarga en el atento aire de la media noche, el general Claverling, que yacía pálido e inmóvil a la viva luz roja de una hoguera, abrió sus grandes ojos azules, miró con agrado a todos aquellos que le rodeaban y dijo:
– ¡Qué tranquilo está todo!678px-EwellsDeadSpotsylvania1864crop01
       El cirujano dirigió una mirada triste y llena de significado al general adjunto. Los ojos del paciente se cerraron lentamente, y así permanecieron durante unos breves momentos; después, su rostro se vio iluminado por una sonrisa de dulzura inefable y comentó de forma apagada:
– Supongo que esto debe ser la muerte.
Y pasó a mejor vida de esta manera.

Texto completo en idioma original.
Existe un cortometraje del cuento, filmado en 1974 y dirigido por Arthur Barron.  (Trailer)
La transcripción es de la traducción anónima que se encuentra en la muy recomendable antología: Suicidas, de la editorial Opera Prima.

Aforismo XVIII

 

N. presenta un nuevo aforismo de Igui

 

La inacción llega al encontrar confort bajo una máscara.

El diccionario del diablo

Quizás el libro más popular del escritor norteamericano Ambrose Bierce es ‘The Devil’s Dictionary’; es considerado una summa del pensamiento del autor. Publicado por primera vez en 1906 bajo el título ‘The Cynics Workbook’, el libro completo no vio la luz hasta 1911.

N. transcribirá fragmentos en el idioma original y en español. Espera que disfruten estos fragmentos tanto como N. ha disfrutado el libro.

 

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Accuse, v.t.   To affirm anothers guilt or unworth; most commonly as a justificaciton of ourselves for having wronged him.

Acusar, v.t. Afirmar la culpa o indignidad de otro; generalmente, para justificarnos por haberle causado algún daño.

Cynic, n. A blackguard whose faulty vision sees things as they are, not as they ought to be.

Cínico, s. Sinvergüenza cuya visión defectuosa ve las cosas como son, no como deberían ser.

Poetry, n.   A form of expression peculiar to the Land beyond the Magazines.

Poesía, s.    Forma de expresión que sólo se encuentra en la Tierra más allá de las Revistas Literarias.

Rational, adj.   Devoid of all delusions save those of observation, experience and reflection.

Racional, adj.   Desprovisto de todo tipo de engaños con excepción de los que surgen de la observación, de la experiencia y de la reflexión.

Truce, n.   Friendship.

Tregua, s.   Amistad.

Aforismo XVII

 

N. presenta un aforismo de Igui

 

Antes hago fila para calmar el desastre del globo histeria que pasar tiempo con el que cada vez se infla más.

Aforismo XVI

 

N. presenta un aforismo de Igui.

 

Querer mantener un lenguaje paralizado -encarcelado en el estado en el cual uno lo aprendió- es una de las expresiones más fastidiosas del egocentrismo.

Para la brevedad y la claridad

 

N. comenzará una nueva serie con el fin de exponer a otro gran autor: Ambrose Bierce. A diferencia de Lichtenberg, los textos de Bierce son más largos y no muchos cuentan con traducciones al español. Por lo mismo, N. traducirá algunos de los textos que suba al no-blog y otros los conservará en el idioma original.

El siguiente texto ha sido traducido por N., con el apoyo de Aurelio Asiain.

 

Para la brevedad y la claridad

                                              Ambrose Bierce

 

El Sr. George S. Simms “pidió que le sugirieran” un nombre breve y conveniente para un delito menor, conocido en Inglaterra como “viajar en un vagón de tren de clase superior a la que pagó el acusado”. Es ridículo que el delito nunca haya tenido otro nombre y, además, no es fácil inventarlo. Me gustaría saber cuál es en Esperanto. Tenemos, en este país, algunas frases torpes que pueden condensarse convenientemente en una sola palabra.  Por ejemplo, “compartir el vínculo sagrado del matrimonio” podría volverse: “unimonio”. El editor de sociales se ahorraría mucho trabajo si pudiera decir que la infeliz pareja fue “unimoniada” o “encamoniada” —esta última palabra en lugar, claro, de “encaminados al altar matrimonial”.  Muchas de las expresiones favoritas de los reporteros comunes podrían modificarse de manera similar. La conocida “descanso necesario” sería simplemente “dario”. El “elemento devorador” sería “eledor”, así, sin más discusión. Cuando, como ocurre con tanta frecuencia,  es necesario decir que algo “da merecimiento” a alguien, el verbo “damer” serviría un fin útil y honorable. Sobre un hombre recientemente difunto, en lugar de decir que fue “sumamente respetado por quien lo conoció”, deberíamos decir que fue “sumaresionado”. A través de mecanismos tan simples y racionales como estos, el idioma se mejoraría notoriamente y, así, en el reportaje periodístico sobre la muerte del hijo de un hombre acaudalado podrían reservarse unas líneas para la muerte de un poeta.

 

Así como las palabras “not either” se han reducido a “neither, not ever” a “never” y “no one” a “none”, ¿por qué no hacerlo de la misma manera cuando al negativo o al privativo lo sigue una palabra con vocal? Por ejemplo, “neven” en lugar de “not even”, “nin” y “nout” en lugar de “not in” y “not out”. “Nirish” reemplazaría a “no Irish” y así, sucesivamente[1]. Es más, no es necesario que una palabra con vocal siga a la negación, “no Mochos” podría ser “nochos”, “no concierne”, “nierne” y “nunca-será-olvidado”, “nudado” o “nodado”. 

 

Mientras reformo el lenguaje ansío licencia para introducir una mejora en la puntuación —el punto de risa o señal de carcajada.  Se escribe así y representa, del modo más fiel posible,  una boca sonriente. En toda oración jocosa o irónica se añadirá como complemento al punto y aparte. Se añadirá también, sin punto y aparte, a las clausulas jocosas o irónicas que se encuentren dentro de una oración de otro modo seria —así: “El Sr. Edward Bok es el trabajo más noble de Dios .” “El Sr. Sylvester Vierick, nuestro notable y respetado contemporáneo , a quién admiramos por sus virtudes y envidiamos por su éxito , se irá al infierno tan rápido como sus dos talones puedan transportarlo.” El diácono Harvey  —hombre en verdad bondadoso — se ha forjado a sí mismo en el sentido más cabal de la frase, pues a pesar de haber nacido grande, sabio y rico, debe la desviación de su tabique al trabajo de la manga de su abrigo.

Para muchos grandes escritores, el nuevo signo de puntuación será tan útil como lo fue la cola para sus antepasados iletrados.  De un trazo, el ilustre humorista que reseña libros en The Nation puede darle al plagio más sombrío de Theory of Quaternation de Mulgrub todo el encanto y el valor de una vivaz anécdota personal tal y como usualmente la relataría  . Rociando generosamente con el signo su crítica literaria, el Dr. Hamilton W. Mabie, puede dar al trabajo una cadencia y vivacidad que lo distingan de inmediato del sermón de un maestro de equitación sobre su montura. El punto de sonrisa informará a su lector de una intención humorística que, de lo contrario, no sería observable como factor de humor. Embellecidas con este signo útil, hasta los escritos de aquella alma sombría, el Sr. John Kendricks Bangs, tendrán cierta cualidad que impedirá que los párrocos los lean junto a la tumba como pasajes para el rito funeral.



[1] N. de T.: Dejé esta serie de contracciones en el idioma original pues, de ser traducidas, sería imposible mantener intacto el sentido del texto.

Los últimos

 

Hoy, 24 de febrero, se cumplen 201 años de la muerte de G.C. Lichtenberg. N. concluirá esta serie publicando no uno, no dos… sino tres aforismos del autor.

N. espera que la lectura de Lichtenberg haya resultado placentera y que se animen leerlo más allá del no-blog.

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Se habla mucho de la Ilustración y se desean más luces. Pero, ¿de qué sirve tanta luz, Dios mío, si la gente no tiene ojos, o, si los tiene, los cierra intencionadamente?

---…---…---…---

Lo que más frena la tensión de nuestros impulsos es ver en posesión de la fama a gente que, estamos convencidos, es indigna de ella.

---…---…---…---

Algo de la fama de los hombres más famosos se debe siempre a la necia miopia de sus admiradores, y estoy convencido de que la conciencia de ser examinados por gente con menos fama, pero más inteligencia que ellas, les amargaría toda su fama a esas personas. El verdadero, plácido disfrute de la vida sólo puede darse en la verdad. Newton, Franklin, ésos sí eran hombres dignos de ser envidiados.

Aforismo XV

N. presenta otro aforismo de Igui.

 

Cuando alguien me dice ‘no vale la pena que le pongas atención’, me esmero en no atender a sus palabras.

Penúltima

 

N. presenta la penúltima entrada de la serie en honor a G.C. Lichtenberg.

 

Tres agudezas y una mentira hacen hoy en día a un escritor.

Desde Pompeya, rumbo a Nápoles.

N. presenta un nuevo relato de BaNG

 

Te arrulla el ritmo del tren, vas de Pompeya a Nápoles.

Entre la vigilia y el sueño, el templo, las ruinas, el calco, el panadero, togas, grafitti, púrpura, fuente, el horno, perfumes, cloacas, el volcán, lava, el calco.

Vigilia, las ruinas, el templo, el calco. Nápoles.

Dedícame ésta

Para J.

 

Dedícame ésta

 

nonocanción

dedícame esta vuelta de lengua

 

nonolengua

dedícame el pianísimo del dedo

 

a pantallazos

a N. dedica

sinapsis apsis pac pac

 

a N. dedica

canciónoción

palacativo

 

Dedícame

saltimbanquis mandiblulares

café humo murmullo

relieve negro

sobre blanco

fundo pro pro fundo

 

Dedícame ésta

nonolengua

nonocanción

Zángano

N. presenta otro aforismo de Lichtenberg:

 

“Fino, la verdad, no era, pero dominaba el arte de cabalgar a lomos de su prójimo cuando le hacía falta”.

 

… los freeloaders no son exclusivos a la modernidad…

Aforismo XIII

N. presenta un aforismo de Igui

 

Moriré consciente, sabiendo que grité con suficiente fuerza para que se oyeran mis palabras y que, aún así, rara vez fueron escuchadas.

Lichtenberg reflexiona…

 

N. presenta otro aforismo de Lichtenberg.

 

“El entendimiento comprende bien la teoría; el juicio decide sobre su aplicación. Es algo que le falta a mucha gente, con frecuencia a los grandes eruditos y, sobre todo, a los téoricos”.

Metáfora insana

N. presenta un relato de BaNG

 

Hoy, si el Coyote hubiera logrado atrapar al Correcaminos, serías el segundo. Voltearías hacia el cielo y encontrarías la cara de tu némesis, relamiéndose gustoso, saboreando lo que la razón le indica es suyo.

Demacrado, tu ser te mira desde el libro que intentas leer; te grita y te dice que la caricatura que amabas en tu infancia nunca transcurrió así. Hoy eres el Correcaminos aplastado y ayer fuiste el que escapó de tantos artefactos ACME.

Lo sabes. El Coyote, el Correcaminos, ACME, todos juntos, todos tú.

Intentas seguir leyendo, te concentras en cada una de las letras. Buscas olvidar esa caricatura; metáfora insana, disfuncional, trastornada.

Satisfecha, perversa, con ganas.

 

N. presenta un instante de P-Laco.

Dedicado a B.

 

Deja que la envidia la pudra. Observa mientras el veneno carcome su desgastado ser.

Entre sus vulgares letras el rencor; condena dantesca. En cada palabra el suplicio del resentimiento. En sus silencios la envidia; suplicio neciamente prolongado.

A causa de ella –la envidia- pasará de esperpento a vil carroña.

Y tú, ¡ríe de su metamorfosis! Ríe satisfecha, perversa, con ganas.

Lichtenberg regresa al no-blog

N. presenta más aforismos de G.C. Licthenberg. Oferta vigente hasta el 24 de febrero, aniversario luctuoso del autor. =)

 

“Quien se conoce bien a sí mismo tarda muy poco en conocer a todos los demás hombres. Todo es reflejo”.

“Han entrado en el panteón familiar de mis pecados juveniles. Panteón familiar de libros malos, etcétera”.

Doceavo Aforismo

N. presenta un aforismo de Igui

 

Sostener que el arte ha muerto es equiparar muerte a pedantería e inacción.

No te sigue

 

N. presenta un nuevo cuento de BaNG

 

No entiendes esa obsesión. Esa neurótica compulsión por saber, estar siempre sincronizados… tic toc tic toc...

Como el legendario capitán del gancho en la mano, no los abandona el ruido del reloj. Respiran, hablan, beben y lo miran.

Despliegas tu manga en busca de tu reloj. Encuentras sólo una fina capa de vello resaltando sobre tu piel.

Calculas la hora y te das cuenta que quizás llegarás tarde. ¿Qué más da si cada segundo que pasaste ha sido grato?

Ah, pero ellos… tic toc tic toc… no entenderán. Envueltos en la compulsión te verán entrar, mirarán su muñeca y te amonestarán por los agonizantes minutos que pasaron, respirando en silencio, esperando tu llegada.

Miras frente a ti y un hombre mira su muñeca, sus ojos parecen saltar de sus órbitas, frunce el ceño,; apura el paso. Te ríes. No te sigue el tic toc tic toc.

Llegas.

Lichtenberg describe al troll sofisticado

 

“La forma más bella de la ironía es defender una causa totalmente indefendible con argumentos cargados de amargura satírica, citando y comentando a menudo pasajes diversos”.

Güelcom

 

hermano

güelcom

tu da

circo

 

bienvenido

                al circo 

                atado

                de manos

 

el frik chow

lejos lo ves

tras barra

        vitrina

        red

      

 

¡si tocas lo pagas!

mira mira

                    nomás

no toques

no toques

que cuesta caro tocar

 

 

observa

a la mujer con barba

detrás de su reja

mientras tu cuerpo

produce progesterona

y poco vello

muestra al mundo tu piel

 

asómbrate

del traga fuegos

y saborea

las palomitas

que osas tragar

 

 

el frik chow

lejos lo ves

tras barra

        vitrina

        red

 

 

¡si tocas lo pagas!

mira mira

                    nomás

no toques

no toques

que cuesta caro tocar

 

 

güelcom

to da frik chow

güelcom

                tu da circo

 

güelcom señorita

güelcom siñor  

tocar cuesta caro

                no olvide

                atarse las manos

N. piensa en Lichtenberg

 

El año pasado se cumplieron docientos años de la muerte de Georg Christoph Lichtenberg , físico y pensador. N. escasamente lo había leído, pues el tiempo no da para leer todo lo que uno quiere cuando uno quiere. Sin embargo, N. se encontró con tiempo y el primer libro que tomó fue la compilación de los aforismos de Lichtenberg.

N. no ha leído a Nietzche, pero se dice que éste gran filósofo pensaba que Lichtenberg era de los pocos autores alemanes que valía la pena leerse. N. está de acuerdo, así que les dejará algunos pensamientos y aforismos escritos por el autor para que juzguen ustedes mismos.

Lichtenberg murió el 24 de febrero de 1799, debido a la impresión que leerlo le ha causado a N. y a manera de agradecimiento al autor, N. transcribirá algunos aforismos de aquí al día del 201 aniversario luctuoso del autor.

Como aperitivo, N. les dejará dos.

“Muchas cosas de nuestro cuerpo no nos parecerían tan puercas e indecentes si no tuviéramos tan anclada en nuestra mente la idea de nobleza”.

Me dije a mí mismo: ‘Es imposible que yo crea esto’, y al decirlo observé que ya era la segunda vez que lo creía”.